“Oíd mortales, el grito sagrado ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!” son las frases iniciales del Himno Nacional Argentino, canción hermosa que representa al país donde nací, me críe y en el que vivo. Así es como nos presentamos ante el mundo: orgullosos y libres. También como un país que logró su independencia gracias a un correntino con asma que llevó esa hazaña, en un esfuerzo conjunto, a los países hermanos de Chile y Perú. Ese empuje, libertad y profundo amor a la patria son los que, en estos días y durante las instancias finales del Mundial de fútbol de 2026, se tergiversaron en nuestra contra acusándonos de racistas (los más racistas del mundo según el señor Samuel Jackson) y generando un repudio global. Si un yankee besa su bandera: patriota; si nosotros lo hacemos: nacionalistas extremos y xenófobos.
En este escrito voy a analizar qué le pasa a Argentina con el fútbol, por qué existe una suerte de reivindicación colectiva sobre una guerra pasada, cómo se comparte la alegría popular al menos por una noche; si somos o no una nación racista; quién decide quién es más “progre” que otros y por sobre todo: ¿por qué un partido de fútbol (ante Inglaterra) significa tanto a nivel colectivo e histórico?
Argentina 2 - Inglaterra 1
Hace cuarenta y cuatro años se libraba una guerra en un territorio del suelo argentino: las Islas Malvinas. Más que una guerra, fue la masacre de 649 argentinos que fueron a combatir, sin saber a ciencia exacta lo que les esperaba y con un profundo sentimiento de amor a la patria, también fue una distracción de un gobierno dictatorial que se estaba quedando sin excusas para seguir perpetrando el poder y, quizás más importante, fue el origen de la herida que mucho tiempo después aún le duele a —casi— todo un país.
Las Islas Malvinas son un territorio que se disputa desde hace muchísimo tiempo. La cronología de sus múltiples ocupantes es confusa: primero un asentamiento francés a mediados del siglo XVIII, hasta que España le compró el territorio a la corona de Francia en 1767 y consolidó el archipiélago bajo su soberanía, como país colonizador de la actual Argentina. Posterior a eso, en 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata (estado libre antecesor a Argentina) heredaron las islas por sucesión de estados al conseguir su independencia (uti possidetis juris).
En 1829, Argentina crea una comandancia en territorio de Malvinas por la fuerte presencia de piratas y cazadores, principalmente estadounidenses. Tengamos en cuenta que hasta 1914, cuando se inauguró el canal de Panamá, el estrecho de Magallanes era el único punto de contacto entre océanos. Eso provocaba la constante circulación de todo tipo de navegantes, exploradores, mercaderes y los ya mencionados piratas.
Durante un conflicto diplomático en el que el comandante y gobernador de la isla, Luis Vernet, ataca y captura a esos saqueadores estadounidenses, son ellos mismos quienes dan aviso a Gran Bretaña sobre cómo las islas estaban desprotegidas.
El 2 de enero de 1833, Gran Bretaña saca a las autoridades argentinas y establece una precaria administración en las islas, explotando a los peones argentinos residentes.
Los peones terminan rebelándose liderados por Antonio “el gaucho” Rivero. En el interín, Inglaterra vuelve, “recupera” el dominio sobre las islas y encarcela a todos los revolucionarios. Desde ese momento, Argentina nunca dejó de reclamar las islas. Como dos hechos que reavivaron el reclamo más fervientemente, podemos destacar en 1965, cuando el presidente Arturo Illia logró que la ONU resolviera retomar la negociación por parte de los dos países, reclamo que Inglaterra ignoró; y en 1974, cuando, en el gobierno de Perón, Inglaterra propuso una soberanía compartida, propuesta que murió en el instante mismo en el que murió el General.
Llegados finalmente a 1976, con la dictadura cívico-militar, los mílicos debatían sobre la creación de una suerte de evento cargado de espectacularidad y nacionalismo que distraiga al pueblo. Años después, Galtieri, aún en el gobierno de facto, lanza el 2 de abril de 1982 la Operación Rosario para recuperar las Malvinas. La guerra se desarrolla en un completo desbalance militar y de recursos en la que Inglaterra ataca a soldados que no estaban preparados, no tenían equipo adecuado, comida ni abrigo para el clima y territorios extremos que las islas brindan.
Ante un arrollador avance de las tropas inglesas, el 2 de mayo de 1982, la Dama de Hierro, como se conocía a la primera ministra Margaret Thatcher, tomó la decisión de hundir al crucero ARA General Belgrano, que estaba fuera del área de exclusión que definió la misma Inglaterra. Ahí mueren 323 argentinos, casi la mitad de los muertos de la guerra, en ese ataque cobarde perpetrado por una figura que es públicamente admirada por nuestro actual presidente, Javier Milei.
La Guerra de Malvinas terminó oficialmente el 14 de junio de 1982. Ese día se firmó la rendición de las fuerzas argentinas en Puerto Argentino ante el Reino Unido, tras 74 días de enfrentamientos. Los sobrevivientes volvieron a casa, con fuertes secuelas físicas y psicológicas —se estiman más de 500 suicidios llevados a cabo al regresar al continente y en los años posteriores —, marcando una fuerte herida nacional que aún tantos años después se lleva en el ADN nacional.
Y así, con todo ese bagaje histórico, llegamos al partido Argentina-Inglaterra en el Mundial de México 1986. No es el primer encuentro de ambas selecciones, pero sí el primero en veinte años después de la guerra. En su libro El partido: Argentina - Inglaterra 1986, Andrés Burgo analiza todo lo que sucede antes, durante y después del partido que se desarrolla en el contexto de los cuartos de final en el campeonato del mundo. El autor recopila lo que se decía en aquél entonces alrededor del juego: ingleses retratados como piratas —una representación más que fiel— por diarios, revistas y televisión argentina, el Foreign Office (Ministerio de Relaciones Exteriores británico) manteniendo conversaciones con las autoridades mexicanas para prevenir el enfrentamiento, los ingleses llenando los diarios con titulares como «Que traigan a los argies: ya perdieron una guerra y ahora van a perder otra», entre otros múltiples dichos. Era una bronca descomunal de un país a otro que, quizás, en el fútbol no tendría que existir, pero, por lo de Malvinas, existió.
El partido se desarrolló, como relata el libro, en una suerte de impasse por ambos lados y sin goles, hasta que en el minuto 51 se llevó a cabo el polémico y tan mítico gol de “la Mano de Dios”, gol con el que Diego Armando se consagra como héroe nacional y empieza a dar fe de lo que se venía diciendo de él como el “nuevo Pelé”. Luego de ese gol, transcurre el también llamado “Gol del Siglo” en el minuto 55, cuando el delantero argentino, amado y odiado por igual, gambetea a los jugadores ingleses desde antes de la mitad de cancha. El partido termina 2 a 1, con un gol de Inglaterra en el minuto 88. Luego de ese agónico partido, las ciudades que parecían desérticas retoman el pulso, y en una imagen que nos recuerda a la actualidad, la multitud va hacia el Obelisco porteño a festejar, esta era, además de una victoria reivindicadora, una victoria en democracia.
Pero el mismo libro de Burgo se cuida de no cerrar la mirada de una forma tan simple o reduccionista. Los propios jugadores discuten el marco bélico que la prensa les imponía. Bilardo les prohibió hablar de la guerra. Giusti dice que “revancha” o “venganza” no son términos que correspondan. Y Olarticoechea, años después, pone el límite diciendo que los héroes fueron los chicos de Malvinas, esos que estaban en las islas mientras ellos jugaban a la pelota. Frente a esos testimonios que resisten la épica, hay otros que la confirman, en los que varios veteranos declararon sentir que con el triunfo se “recuperaba la patria”. Entre esos dos polos —la no mezcla con la guerra y la reivindicación— se juega todo el sentido del partido.
En la novela El área 18 de Roberto Fontanarrosa, se habla de un país ficticio, llamado Congodia. Aquel es un país africano que logra su independencia gracias a las apuestas en los partidos de su invicto seleccionado nacional de fútbol. Para el escritor argentino, acá el fútbol no es solo un deporte, sino una fuerte arma política de soberanía nacional, hasta el punto incluso de no tener torneos internos a los efectos de galvanizar una fuerte unidad nacional, de evitar las controversias y lograr un fuerte sentimiento nacionalista. Fontanarrosa llama en esta sátira Congodia a lo que muy bien podría llamarse Argentina. El autor critica profundamente este chauvinismo de confundir la patria con una pelota. Pero Fontanarrosa, ¿tiene razón en burlarse de un patriotismo banal a través del deporte? En un país donde hay un potrero, una cancha de fútbol 5, o un club de barrio que alberga a familias enteras y sirve de refugio para niñxs y adultxs de todas las edades, dónde las canchas de otros deportes terminan siendo usadas para jugar a un 25, y dónde lo primero que agarra un chicx antes de viajar, es una pelota de fútbol; no es casual que el deporte despierte esa ferviente pasión e incluso, sin ser los inventores del deporte —casualmente fueron los ingleses— el mismo es considerado un símbolo nacional a nivel del Himno, el ceibo o la escarapela.
Pablo Alabarces, en su libro Fútbol y Patria, analiza la relación que tiene el país con el deporte y su sentimiento nacional. El autor afirma que Argentina es un país en el que, como en toda América Latina, los gobiernos de derecha han proliferado, generando crímenes de lesa humanidad y, más relevante para este ensayo, una profunda desconfianza y pérdida de representación popular. En esta falta de figura paternalista que tiene el Estado, aparece el fútbol como máquina cultural aglutinante, como una supervivencia pulsátil de lo colectivo. Alabarces se pregunta si en el lugar que antes ocuparon la escuela pública, el sindicalismo y el mundo del trabajo, entre otros, ahora el fútbol aparece como un productor de cultura y de nacionalidad. Este deporte solo pide pasión a cambio de pertenencia; él mismo se vuelve identidad primaria y la única forma posible de ciudadanía. ¿No es acaso lo primero que se les regala a los extranjeros un mate y la camiseta de la selección?
Llegados a la semifinal de 2026, ante una Inglaterra que “boquea” (habla en contra, despectivamente) a Argentina, es una especie de justicia divina que el partido otra vez termine 2 a 1, a favor del país sudamericano. El equipo de Lionel Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, logró una victoria futbolística y simbólica ante el seleccionado pirata. Inmediatamente terminado el partido, algunos jugadores del equipo levantaron una polémica sábana pintada que entregaron unos hinchas. Ese acto profundamente político e importante para los tiempos que corren fue sancionado inmediatamente por redes sociales extranjeras, por seguridad y por administrativos del mundial e incluso por Milei.
La victoria de Argentina fue celebrada en todo el país, a través del mecanismo que nos encanta: tomar alcohol, cantar, saltar y llenar las calles. Este partido, este festejo, fue vivido como si hubiera sido la final, porque más allá de lo que nos genera ganar, más allá de lo que nos genera el mundial y más allá de lo que nos genera el futbol y tomando distancia de lo que propone Alabarces de que “el futbol inventa la patria” y todo esto es un placebo o el opio del pueblo, para mí, Argentina encarna esa venganza, ese reclamo retroactivo y ese honor a aquellos que cayeron defendiendo un reclamo legítimo. Si bien los verdaderos héroes son los veteranos y los que no volvieron, el fútbol brinda un tributo, una pequeñísima retribución como Víctor Hugo Morales bien menciona al final del partido de 1986: “por todos los pibes que no pueden gritar esta victoria”.
La grieta política en Argentina va a seguir estando, las Malvinas van a seguir estando ocupadas e Inglaterra va a seguir teniendo una economía más estable que nosotros, pero por una noche, por esa noche, el pueblo argentino ganó, los fisuras y los chetos se abrazaron, se honró a los nuestros y se volvió a despertar el debate e interés internacional sobre esas famosas islas que aún hoy arrancan lagrimas en nuestros rostros.
Argentina 0 - España 1
El pasado domingo 19 de julio, se llevó a cabo la final ante España. Más allá del triste resultado y derrota de nuestra selección albiceleste, me interesa hablar sobre lo que se generó en redes sociales, algo reducible a: España como el país bueno y apoyado por el mundo entero en oposición a la Argentina de derecha, racista y villanesca. Durante días se exageró desmesuradamente el racismo existente en el país con el objetivo claro de convertirlo en un arma (weaponizarlo) en nuestra contra.
Al entrar a cualquier red social, todos pudieron divisar una ola de indignación tan desproporcionada y coordinada que costaba creer que fuera espontánea. Amplificada por los algoritmos, multiplicada hasta el hartazgo, la operación reflejaba a Argentina como un país fuertemente racista, xenófobo y agrandado. Como representación fiel de este presente distópico —donde basta ver un TikTok o video de 10 segundos para formar opiniones— personas que visitaron o vivieron en el país olvidaron sus experiencias agradables para subirse a un colectivo de odio e insultos hacia los argentinos. Personas que previamente vistieron la casaca de la selección, como Javier Bardem, Rosalía y Niall Horan, entre otros, arremetieron contra el país.
Históricamente, Argentina tuvo un fuerte estereotipo en el que se clasifica a cualquier miembro de la nación como engreído. Si bien esto es debatible, como alguien que nació en el interior del país, entiendo de dónde viene el argumento. El porteño —como se conoce a los nacidos en la capital del país, Buenos Aires— habla de una forma muy particular, heredada de los inmigrantes italianos, con muchos ademanes y gestos; a los gritos y como todo residente de cualquier capital de un país (véanse los rolos en Colombia, los chilangos en México, los limeños en Perú, entre un gran etcétera) con cierto aire de superioridad. Esta es solo una forma de hablar que no puede ser atribuida a una ideología despreciable como lo es el racismo o a una actitud como lo es la vanidad.
Es fácil aplicar un sesgo de confirmación sobre un país entero: si un argentinx es racista, todo el país debe serlo. El caso más reciente que tuvo una fuerte repercusión en los medios fue el de la argentina haciendo gestos ofensivos a unos brasileros. Repudiando este acto y evitando la justificación, el racismo es una ideología presente —lamentablemente— en los 195 países del mundo. Argentina está lejos de ser “el país más racista del mundo”, como nos llamó el actor estadounidense Samuel Jackson. Hay racismo en el país; el mismo está más disfrazado bajo el título de clasismo, debido a que se niega más el acceso a ciertos lugares a alguien con menos recursos que por su color de piel.
No quiero agarrar como punto receptor de mi bronca al actor —sí, el origen de este post un poco fue el enojo de todo lo que se dijo contra mi país—. Él simplemente me sirve como la representación de las contradicciones que te presenta autodeclararte abanderado moral del mundo; podría también, para esto, usar a cualquier europeo, yankee o, tristemente, a nuestros hermanos latinoamericanos que, bajo la presión colonialista, se subieron a este ataque. Voy a usar, de hecho, estas tres representaciones para argumentar la flaqueza de las acusaciones, aclarando, antes que nada, que lo que sigue no borra que en Argentina haya racismo. Pero una cosa es reconocerlo y otra es aceptar la sentencia de quienes tienen campos de algodón manchados de sangre.
En primer lugar, Estados Unidos, un país por el que es incluso difícil empezar. Su guerra interna más grande fue la Guerra de Secesión o Guerra Civil estadounidense. La misma se llevó a cabo desde 1861 hasta 1865, con un estimado de muertes que parte de 620.000 personas. La causa principal fue el desacuerdo profundo sobre la esclavitud y su posible expansión hacia territorios nuevos del país en el oeste. País que hasta 1964 tenía baños y sectores públicos diferenciados para personas “blancas” y personas “de color”. País que vio nacer y desarrollarse, y aún enfrenta el problema del Ku Klux Klan. País que aún lucha fuertemente por “Black Lives Matter” luego del trágico caso de George Floyd en 2020. Son ellos los que desde ese pedestal miran a un país sudamericano que decretó la libertad de vientres el 2 de febrero de 1813, y le gritan racista.
En segundo lugar, tenemos a Europa, más concretamente a España, Bélgica y Francia, a fines de este ensayo. Estos tres países que se suben al estrado de jueces de quienes son más progres, más inclusivos y más abiertos al mundo, también tienen sus muertos bajo la alfombra. Bélgica como perpetradora del Genocidio Congoleño, donde aún se debaten cifras de muertes de entre tres a diez millones de personas. Francia, con el dominio en Haití que generó su profundo Estado fallido a día de hoy; el dominio en Argelia, generando el desarrollo e invención de las estrategias de desestabilización, inteligencia y tortura que inspiraron a Estados Unidos en el Plan Cóndor; y las múltiples colonias en África y Asia. Y finalmente España desembarcando en América para saquear durante siglos países como México, Perú, Colombia, Chile e incluso el país tan odiado: Argentina.
Y en tercer lugar y como una mención especial, hay que destacar lo que esta ola generó en nuestros hermanos latinoamericanos —Eduardo Galeano, el Che Guevara y San Martín se están revolcando en sus tumbas—, notable es el caso de México, país que fue históricamente saqueado, empobrecido y ultrajado por España, el pasado Domingo, los tuvo alentando por ellos, y posteriormente festejado en las calles de Ciudad de México. Más allá de la rivalidad histórica de ambos países en el deporte, cuesta no leer ahí algo del reflejo colonial en un pueblo alentando a sus antiguos conquistadores. Como diría Moria Casán: “¡No lo puedo creer!”.
Ahora bien, como dije antes, en Argentina, hay clasismo y hay racismo. Usamos términos como “negrear” para decir que un trabajo es mal remunerado o explotador. Decimos “negro” y “grone” como insulto y al mismo tiempo, en un acto muy argentino, de forma afectiva. Discriminamos; es innegable. Sin embargo, negar la existencia de una población afro en Argentina es simplemente falaz, ignorante y de una fuerte falta de respeto a las raíces del país: una población que existió, combatió y construyó la nación, y que después fue sistemáticamente invisibilizada.
Y Argentina es un caso especial dentro del continente por dos situaciones importantes. Primero, no hay tanta población afro ni segregada porque desde los tiempos de la colonia y, posteriormente, la liberación, existe el mestizo: un proceso de cruce biológico y cultural que da lugar a nuevas configuraciones sociales y genéticas en el territorio, aunque es imperativo no romantizarlo, porque fue en gran medida un proceso desigual y muchas veces violento sobre cuerpos de mujeres indígenas y africanas. En segundo lugar, por movimientos políticos más conservadores y tendientes a la derecha, se generó un mito acerca de la “blancura” del país y la mayor inmigración y aceptación de europeos; ejemplo de esto son las presidencias de Sarmiento, Mitre, Avellaneda y Roca. Relato fuertemente discutible si uno recorre el país y ve la multiculturalidad y rasgos genéticos de los argentinos: aborígenes, europeos, afrodescendientes, árabes, asiáticos, etc. Y en tercer lugar, no por eso menos importante, Argentina no está exenta de un historial político-social de invisibilización estadística y del uso de hombres negros como primera línea de choque en las guerras del siglo XIX —el propio Ejército de los Andes, esa gesta gloriosa con la que abrí este ensayo, se nutrió en buena parte de soldados afrodescendientes que murieron en las primeras filas—. Eso derivó en la disminución de la población provocada por intereses gubernamentales alineados con una imagen “más europea”; el caso más brutal es la Campaña del Desierto de Roca; la misma no fue una epopeya civilizatoria, sino una operación de exterminio y desplazamiento de los pueblos indígenas.
Este verso que logró poner en la mira al país, que logró convertirlo en muñeco de trapo de todo aquél que se quiere considerar mas “progre” y mas woke que los demás, solo perpetúa el relato colonial de “civilización o barbarie” europeocentrista de considerar que los españoles —en este caso y en el ámbito del partido— son los buenos, los educados, los más diversos y los héroes de la historia. Y que si ellos celebran con sus banderas, su escudo y su rey, son patriotas, mientras que si nosotros sacamos una bandera somos irrespetuosos; que si jugamos fuerte, a matar o morir cada partido, somos no competitivos sino salvajes, y que si cantamos nuestro himno con orgullo, somos nacionalistas y extremistas.
A pesar de que Estados Unidos, como siempre, quiera fijarse como el faro moral del mundo, escondiendo bajo la alfombra su historia y hablando de un país que ni siquiera puede ubicar en el mapa, Argentina va a seguir resistiendo, como un pueblo que supo conseguir su independencia y su soberanía a través de la unión de hijos de europeos, de aborígenes y de negros. Argentina va a seguir siendo un pueblo orgulloso, porque tiene con qué; y sobre todo va a seguir flameando su bandera porque es un símbolo de una sociedad incansable, indomable y sin miedo a nada.
Y nada más expresa a esta nación como nuestro Himno con el que comienza el escrito:
Sean eternos los laureles
Que supimos conseguir¡Coronados de gloria vivamos
O juremos con gloria morir!






