La mochila como un símbolo de colonización
¿Cómo ser turista sin destruir el entorno? Un escrito sobre viajes, nómades, aparentar y gentrificación.
Desde que tengo memoria, viajo. Tuve la fortuna de hacerlo con mis padres, con mis compañeros de escuela, con amigos, novia y también solo. Probablemente voy a seguir viajando por el resto de mi vida; a esta altura, es parte de quien soy.
El último recorrido que hice al momento de escribir esto fue por Europa. Mientras tomaba algo en un bar, vi el exceso de gente que me rodeaba. Me sentí asqueado por los turistas, por ese mar infinito de personas que estaban, al igual que yo, de paseo. Fui testigo de múltiples imágenes repetidas a lo largo de 8 países: filas interminables aguardando entrar a museos para sacar la misma foto que está en todos los perfiles de Instagram; basura y más basura por todos lados; la gente chocándote por estar siguiendo Google Maps; candados con las llaves de alojamientos temporarios saturando postes de luz; estas y muchas otras son tristes representaciones del turismo actual.
Ese rechazo visceral eventualmente se transformó en sobrepensar, en entradas a mi cuaderno y en una conclusión uniforme: yo también soy parte del objeto de mi aversión. ¿Por qué mis listas de favoritos en Airbnb y mis “20 cosas que hacer en el destino X” eran distintas de las de los demás turistas? En mi mirada con desprecio se ignoraba que yo mismo era parte del problema.
Ya se cumplen 5 años desde que formo parte de esa nueva población: los nómades digitales. Personas que gracias al trabajo remoto y a la economía digital, pueden prescindir de un lugar fijo para vivir. Esto nos permite trabajar y vivir, viajando. La nueva versión de esa famosa expresión: “los ciudadanos del mundo”.
Es inevitable pensar en el daño que esta forma de vida causa en lugares paradisíacos como Indonesia, Costa Rica, Fiji y un gigantesco etcétera. La sobreexplotación del espacio físico, el aumento del costo de la vivienda debido a la avalancha de plataformas como Airbnb o Booking, familias desplazadas a lugares cada vez más alejados son algunos de los problemas que esta tribu introduce en los lugares donde llega. Creemos que al vivir en un sitio, en comparación con el turista de 15 días, no somos parte del problema, pero, de hecho, somos colonizadores modernos.
Además de esta versión 2.0 del nómade, hay otro problema con el turismo del siglo XXI. Esto es lo descrito por Guy Debord en La sociedad del espectáculo. Debord plantea en este libro de 1967 que “la vida social moderna se ha transformado en una inmensa acumulación de espectáculos donde la experiencia directa ha sido sustituida por su representación”. Ya no queremos ver; queremos decir que vimos. No queremos admirarnos; queremos mostrar cómo nos admiramos mejor que los demás.
El turista ya no viaja al espacio geográfico; viaja a la representación que internet y las redes sociales construyeron de ese lugar. No quiere conocer a los locales y sumergirse en su cultura, quiere pensarse como alguien que tiene un “amigo” italiano, francés, pakistaní, etc.
Como argumenta Debord: todo es un espectáculo, una teatralización de nuestra realidad. Es más importante la foto que sacamos de una montaña que sentarnos enfrente de ella y dejarnos invadir por su inmensidad. Buscando hacer actividades que nos desconecten, terminamos más enganchados que los humanos que sirven de pilas voltaicas para la IA en Matrix. De nuevo, soy partícipe de esto, no intento ponerme en un pedestal o lugar elevado donde me enojo por dejar los teléfonos y disfrutar, siendo que yo también tengo ganas de mostrar mis “recuerdos” digitales a seres queridos. Pero al menos hago un esfuerzo consciente de sentirme maravillado, de sentirme presente en los lugares que transito. Sí, es valioso mostrar una foto o un video, pero ¿no puede ser valioso también centrarnos en nuestro sentir y ejercitar la contemplación? Pienso que sí, que es tan valioso un video como decir a mis amigos, familia o quien sea: “No tengo fotos, pero te cuento que la energía del Vaticano me hizo llorar”.
Vengo pensando mucho en los aspectos morales del viaje. Siempre me interesaron aquellos escritores y autores que muestran lo “oculto” de los destinos, eso que supuestamente nadie dice de viajar. Pero me surge la pregunta: ¿hay un lado B, un espacio no turístico inmerso en el mismo lugar? Quizás es otra idea romántica, que pretenciosamente nos imponemos para justificar nuestro cinismo y hacer una especie de greenwashing turístico. Ir a comer a un lugar lleno de locales o visitar un barrio poco fotogénico no nos exime del rol de extranjeros.
Con esto no digo que no podamos tener experiencias sinceras con locales. Digo que habitar los mismos espacios que ellos nos pone en un rol difícil. Queremos escapar del turismo masivo y sentirnos autóctonos, pero no hacemos ni lo uno ni lo otro. Solo encarecemos los platos, saturamos el transporte público y subimos los precios de los alquileres para la gente que vive ahí desde antes de que apareciera en The Lonely Planet. La búsqueda de lo “autóctono” por parte del nómada es, en el fondo, la última frontera de la colonización del consumo: ya no nos conformamos con consumir el monumento o la obra, ahora queremos consumir la cotidianidad del otro.
Ante este callejón sin salida, lo que nos queda por hacer es dejar de sentir al viaje como un desplazamiento geográfico hacia “afuera” para consumir, sino verlo como una práctica de ascesis o renuncia. Si no podemos romper con nuestra condición de “invasores”, habrá que aprender a abrazar una condición de fantasmas: habitar los lugares desde el silencio y una escucha profunda. Sabiéndonos como un elemento disruptivo, sin la pretensión de integrarnos como un local más o sentir nuestro viaje como un elevado. Tan solo aceptando que, al igual que otros tantos, solo estamos de paso y, como un mochilero caminando en un museo de cristal, el único acto ético es tratar de no romper mucho al andar.
Eso también exige dejar de lado las listas infinitas de “20 mejores bocatas en España” y los blogs de viaje. Apagar el mapa. Desconectarnos un poco del GPS, no puntuar y consumir las reviews de los lugares en las apps de mapas. Ejerzamos nuestro libre albedrío al perdernos por callejones un poco más alejados, deambulemos sin miedo y simplemente dejémonos llevar por mera curiosidad y aburrimiento. Hablemos con gente y aprendamos de ellos, sin hacer de todo un acto de salvación o enriquecimiento de nuestro ego.
Yo no voy a dejar de viajar y de moverme, no creo poder; pero puedo —o al menos intentar— no ser un Cristóbal Colón con una Macbook trabajando en un Starbucks. Puedo dejar de hablar tanto de “cómo el viaje te cambia, te abre la cabeza”. Voy a intentar habitar los espacios de una manera más respetuosa sin estar tan pendiente de buscar o no lo turístico. Si es que aún se puede.



