Desde tiempos inmemoriales, el hombre miró al cielo buscando respuestas. Algo ahí afuera lo cautivó o, más probablemente, lo aterró. Indagar en la existencia de algo superior está en nuestro ADN; a veces llamamos a eso “extraterrestres”. Tenemos varios ejemplos de esta experiencia colectiva y universal: las pinturas rupestres con figuras humanoides y representaciones de platillos voladores; la tribu Dogón de Malí, cuyos antepasados supuestamente descendieron de barcos voladores provenientes de Sirio, la estrella más brillante vista desde la Tierra; infinitas obras de ficción en el cine y la literatura, y ahora, muchos años después, Steven Spielberg en su eterna fijación con la vida fuera de nuestro sistema solar y la búsqueda de divinidad en el firmamento.
Hace unos días fui al cine a ver Disclosure Day, el último largometraje del director que, después de dos excelentes películas alejadas de la ciencia ficción —West Side Story y The Fabelmans— vuelve al género que mejor le sienta. La premisa es simple: hay evidencia oculta de contacto con seres del espacio por parte de una organización encubierta del gobierno, y hay dos protagonistas elegidos que deben revelarlo al mundo; Spielberg, a través del film, explora la relación de la divinidad con respecto a lo humano, dónde está la empatía en la sociedad moderna y qué pasa con la confianza colectiva. Pero a mí, todo eso me hizo reflexionar no acerca de extraterrestres, sino acerca de lo que últimamente me saca el sueño: inteligencia artificial, el bombardeo constante de imágenes falsas y lo que una posible superinteligencia —una IA que nos supere en todos los ámbitos— le haría a la especie humana. Aliens e IA: en definitiva, nos encontramos frente a una posible inteligencia superior no humana.
¿Qué pasa cuando nos paramos frente al abismo de una posible superioridad? ¿En qué basamos nuestra red de creencias para con otras personas y para con lo divino?
El germen
Vamos desde el principio.
En 2022, ChatGPT fue anunciado y liberado al mundo. Lo que primeramente comenzó como un simple chat que podía responder preguntas en lenguaje natural —¿por qué no una versión moderna del divertido juego Akinator?— cambiaría el mundo completamente.
Si bien los desarrollos en inteligencia artificial no son nuevos (podemos remontarnos a John McCarthy acuñando oficialmente el término "Inteligencia Artificial" en 1956), por primera vez se tuvo acceso a nivel global a lo que siempre vimos en obras de ciencia ficción como 2001: odisea del espacio: una computadora que entienda de todo —o simule hacerlo—, que tenga acceso a conocimiento ilimitado y que pueda ser usada por cualquiera sin necesidad de conocimientos técnicos o de computación avanzados.
Los grandes modelos de lenguaje (LLM por sus siglas en inglés) como ChatGPT vendrían a demostrar un cambio de paradigma completo en cómo nos paramos frente al mundo bajo una simple interfaz gráfica conversacional. Una representación conocida para nosotros, un chat, que amortigua la revelación de superioridad, como el contacto entre alienígenas y niños a través de animales que se muestra en la película. Estos modelos encarnan un peligro para cómo el hombre se piensa a sí mismo con respecto a su entendimiento y propósito: estamos frente a un nuevo conflicto antropológico de la magnitud de la revolución copernicana en la que el humano dejó de ser el centro del universo; una vez más, atacando nuestro ego como humanidad, nos estamos corriendo de la posición de ser la especie más inteligente.
Además de este conflicto y como si eso no fuera suficiente, también les dimos a estos modelos la capacidad de generar imágenes, video y voz, alterando completamente la relación que teníamos con lo verdadero y con lo que nuestros sentidos pueden comprobar.
La confianza
Las primeras escenas de la película nos sitúan en un espectáculo de lucha libre. No es casual, sino más bien una declaración de intenciones del director. Vemos un show, una coreografía hecha para entretener y distraer a la multitud. Haciendo uso del kayfabe —práctica de presentar eventos, personajes y rivalidades como si fueran reales, protegiendo la ilusión y ocultando que los combates están coreografiados—, la lucha libre es el claro ejemplo de una ficción consensuada. Todos saben que es guionado e irreal y aún así eligen creer, existe un consenso claro, en pos del entretenimiento, por parte de los espectadores. Spielberg empieza diciendo con este montaje: “No todo lo que vemos es real”.
En su debatido libro Sapiens, Yuval Noah Harari argumenta que el principal diferenciador y “superpoder” del Homo sapiens es la capacidad de cooperar flexiblemente en masa. A diferencia de otros animales, esto se logra gracias a la imaginación y al lenguaje, permitiéndonos crear, compartir y creer en ficciones o realidades imaginadas. Ahora bien, ¿qué pasa cuando no somos los únicos capaces de crear esas fantasías, de imaginar los conceptos que construyen sociedades?
Cuando la IA puede crear, entra en riesgo la generación de una red de confianza que nos permite elaborar símbolos más complejos como el dinero, la religión o las leyes. Si bien el humano es artífice de esa creación, cuando lo que consumimos todos los días es AI Slop —contenido digital de baja calidad generado en masa mediante inteligencia artificial— dejamos de confiar en lo que tenemos enfrente. Dudamos de todo, sea o no real; analizamos como Sherlock Holmes en una caricaturizada versión con lupa cada publicidad o video que vemos; buscamos al famoso “—” en todos los escritos, incluso el gran Miguel de Cervantes dispara la detección de IA en herramientas de propiedad intelectual. Si todo lo leemos, escuchamos o que vemos es artificial, y ni siquiera personas como Maradona están libres de promocionar casas de apuestas seis años después de su muerte, ¿cómo confiar en nuestro interlocutor?
Me toca muy de cerca hablar sobre estos modelos porque trabajo todos los días con ellos; fuera de mis intentos de escritura, soy programador. La estandarización que sufre todo lo que cualquier modelo escriba o genere es insufrible. No importa el prompt que uno le dé, no importa qué estrategia se siga, no importa cuánto se intente. Si empezás a escribir algo de cero, sea un corpus grande o una frase, se nota. Si generás imágenes o videos en aplicaciones como Nano Banana o RunwayAI, se nota. Estamos entrando en una época de revalorización del shitpost en una suerte de resistencia cultural contra lo generado artificialmente haciendo uso, simplemente, de cosas feas.
Como analiza la autora Victoria Camps en su libro La sociedad de la desconfianza, lo que caracteriza a este presente es la falta de confianza en las instituciones, en otras personas, e incluso en nosotros mismos. En una sociedad completamente aislada, donde sólo amplificamos nuestras opiniones en una echo chamber, estamos bombardeados por videos de avatares humanos de 6 o 7 dedos y un modelo de IA nos dice que somos excepcionales, unos genios o que todo lo que preguntamos es excelente; es entendible tender a desconfiar. Si un artista —más allá de que te guste o no su “obra”— usa inteligencia artificial para generar imágenes de su creación, como Nik armando una foto de Gaturro alentando la selección argentina donde el personaje felino tiene 2 bocas, el razonamiento podría ser: el arte nos miente. Si el presidente de la Nación comparte fotos de su retrato modificado con IA, entonces el gobierno nos miente.
Si Hobbes nos dice que la desconfianza es el estado natural del ser humano, y la confianza se aprende como un requisito para pactar y cooperar, estos modelos, aplicando la frase cursi de “la confianza se gana en gotas y se pierde en litros”, rompen el frágil esquema social que nos tomó tanto tiempo construir.
Generadores de verdad
Cuando la IA rompe la confianza, la pregunta que sigue es quién queda a cargo de lo que sí vamos a creer.
En sus dos protagonistas, Daniel Kellner (Josh O’Connor) y Margaret Fairchild (Emily Blunt), Spielberg deposita la verdad y el conocimiento: a uno le da las matemáticas, el lenguaje universal; a la otra, una empatía desmedida y el omniglotismo. Lógica y sensibilidad como las dos caras de lo humano.
El villano que busca detenerlos, Noah Scanlon (Colin Firth), es una representación directa de los dueños de la verdad: los grandes empresarios que dirigen las compañías que entrenan estos monstruos de IA con nuestros datos, que ponen en jaque a gobiernos y cuyos entramados de poder van más allá de lo imaginable. Personas como Dario Amodei, Sam Altman y Elon Musk, entre otros, son quienes eligen qué discursos, mensajes e “ideales” son los que alimentan a estos modelos, para luego replicarse en cientos de millones de usuarios y plasmarse como la realidad absoluta.
Otro personaje que busca la revelación del conocimiento, ésta vez en un tono altruista, es Hugo Wakefield (Colman Domingo). El personaje busca revelar el conocimiento sobre el contacto alienígena al mundo. Argumenta que la decisión sobre qué le provocaría esto a la humanidad no debería estar en manos de unos pocos. En mi visión, Hugo personifica el debate entre open-source versus entrenamiento cerrado de la IA. El open-source es, en software, la demostración de democratización y libertad de conocimiento, permite a cualquiera acceder a los desarrollos tecnológicos para que hagan uso de la manera que les parezca. Estos modelos, al igual que todo avance científico tecnológico, pertenecen a las ocho mil millones de personas cuyos trabajos, forma de vida y entendimiento social está cambiando de forma muy dificil de medir y asimilar.
Acercamiento a Dios
Previo al estreno de la cinta, en los blogs y canales de filosofía que sigo, se viene hablando mucho sobre la Magnifica Humanitas, la encíclica que escribió el Papa León XIV —nombre elegido en honor a León XIII, buscando enfocarse en la dignidad, la justicia y el trabajo haciendo paralelismos entre los retos sociales de la revolución industrial del siglo XIX, nada es casualidad—. El documento analiza cómo la tecnología impacta la dignidad y el valor inherente de las personas en tiempos del avance desmedido de la inteligencia artificial. La encíclica se construye sobre la imagen de la torre de Babel, frente a la reconstrucción de los muros de Jerusalén, Babel es la pretensión de autosuficiencia, el intento de alcanzar el cielo sin la bendición divina. Con esto, la Iglesia católica marca la amenaza del intento humano de crear una divinidad fuera de la “aprobación” de Dios.
Como una relación directa a la construcción de una Torre de Babel, hace poco escuchaba argumentos sobre cómo Estados Unidos, con exponentes como Google, Anthropic y OpenAI, está aplicando todos sus recursos al desarrollo de la Inteligencia Artificial General, o AGI por sus siglas en inglés, una entidad con capacidad autónoma de razonar, aprender y adaptarse a cualquier problema intelectual en múltiples disciplinas. Mientras que en China, por nombrar al mayor exponente y competidor de EEUU, se podría argumentar que si bien se está buscando mejorar los modelos de lenguaje, los esfuerzos más grandes van apuntados a la robótica, a incrementar las capacidades de lo que nos sirve, no a crear un nuevo dios. Esto nos da un detalle de las obsesiones que tenemos en este lado del globo, ya evidente con este mismo ensayo que estoy escribiendo.
Actualmente, y en contraposición a la película, lo que puede desencadenar que los humanos ya no seamos tan avanzados como creemos no son esos monigotes alienígenas que nos muestra Spielberg (y que en los noventa la televisión argentina intentó vendernos con el falso realismo del adelantado Chiche Gelblung). Lo que ahora nos pone al borde del abismo es encontrarnos frente a un posible ser superior que nosotros mismos creamos, siendo a la vez dioses, y la especie “inferior”. Se borra ese límite entre creación y creador, transgredimos los límites naturales y nos deja parados ante una nada aterradora, si somos dioses ¿a quién recurrimos por ayuda?
Spielberg en la película personifica el debate sobre creer en Dios —o en un dios— frente a la existencia de algo superior con la escena de Jane Blakenship (Eve Hewson) hablando con la hermana Maura (Elizabeth Marvel). La monja le dice a Jane que en el Génesis somos la creación suprema de Dios en la Tierra. ¿El límite de la creación de este Dios somos nosotros? ¿Somos los que agarran esa posta para seguir creando vida? Como humanidad, nos estamos transformando en una suerte de Prometeo buscando dar el fuego vital o incluso al mismo Dr. Frankenstein dando vida a su monstruo, que eventualmente lo supera y peor, castiga.
Si bien la película busca plantear el debate teológico haciendo constante uso de símbolos como el crucifijo para salir del control mental, el propio rol de la hermana Maura, o que inexplicablemente Jane tenga un pasado como novicia, no considero que tome la seriedad necesaria. Pasa a ser un simple gag y algo que se resuelve muy rápido, como también lo es el hecho de que la temporalidad de la película implica constantemente que se desate la Tercera Guerra Mundial. Debates planteados, pero no desarrollados. Ahí es donde quiero estirar el hilo un poco más.
En su libro El nuevo Dios, Claudia Paganini sostiene que por primera vez en la historia el ser humano no se ha limitado a imaginar una divinidad, sino que la ha creado materialmente a través de la tecnología. Cuestiones antes atribuidas a la divinidad, ahora están al alcance de un clic en lugar de una oración, como ofrecer consuelo usando LLMs como psicólogos, estructurar una autoridad moral para consultar decisiones y dotar de sentido existencial ante el vacío. ¿Para qué ir a buscar colectividad y alivio en una iglesia si podemos hacerlo con una simple conexión a internet? ¿Para qué pedir perdón por nuestros pecados y temer a Dios, cuando lo que podemos escuchar es: “Excelente pregunta, aquí tienes 10 formas de arreglar tu error”? Si el viejo Dios exigía temor y arrepentimiento, el nuevo Dios halaga y simplifica.
Como seres humanos, siempre buscamos creer en algo superior. Mi viejo siempre dice que hasta los ateos creen, sólo que su ser superior es la negación absoluta. El problema es qué pasa cuando la mirada ya no está dirigida hacia el Cielo, el Jannah o el Nirvana. ¿Está nuestro cerebro preparado para que la superioridad ahora tenga forma de computadora, y el templo sea un chat?
Creo que Spielberg se posiciona claramente con respecto al valor de la humanidad; siempre lo hizo en sus películas. No por nada, el poder que se le da a Emily Blunt en la película es el de una empatía tan extrema que rompe incluso la barrera de los idiomas o con la que puede detectar las preocupaciones de otras personas. Lo humano, para Spielberg y para mí, es nuestra arma principal de resistencia. La capacidad de hablar, para seguir generando confianza, la creación de obras artísticas que conmuevan lo más profundo del alma, sin que salgan de un prompt. El hecho de estar y, sobre todo, ser con otros es lo que nos va a salvar ante la posible existencia de un ser superior de silicio.





