El año es 2008. Estoy por terminar la primaria en Saladas, Corrientes, y no me siento cómodo con las opciones que el pueblo me ofrece para pasar el tiempo: ser de la tribu de fútbol, de la iglesia o de la danza folclórica. Nada de eso me cuaja. Ese año conozco a G: un arquetipo de niño cool y desinteresado, que anda en skate y usa el guardapolvo con las mangas arremangadas. Con una seguridad que con los años fui perdiendo, me acerqué y lo invité a tomar una Coca y a compartir una bolsa de chizitos de un tamaño que asustaría hasta al nutricionista más liberal. Dijo que sí. Sin saberlo, ahí, estaba empezando un camino de descubrimiento.
Pasaron los días y, después de varias charlas y risas, G me invitó a su casa. Sus padres (un ingeniero agrónomo y una kinesióloga) eran universitarios; en Saladas eso era casi sinónimo de estatus. Todavía recuerdo la sensación de entrar a su cuarto: un niño criado a MTV. Paredes empapeladas con Beavis and Butt-Head, Linkin Park, y el logo característico de la cara sonriente de Nirvana. Esa tarde vimos en la tele una película a la que volvería muchas veces en mi vida: School of Rock, de Richard Linklater.
La película abre con guitarras saturadas y una batería explosiva: un bar de mala muerte, un cantante-guitarrista que acapara todo y salta al público, para estrellarse. En el corte siguiente amanece en el colchón de su amigo maestro suplente, con deudas y sin banda. Dewey Finn, el personaje de Jack Black, es un desquiciado magnético: si fuera nuestro compañero de departamento lo odiaríamos; pero como espectador, lo queremos. Esa ambigüedad es el primer anzuelo. No es un héroe ejemplar: es un adulto que todavía no encaja en el “mundo serio” y que, sin embargo, vive con una intensidad que el mundo serio parece haber olvidado.
Ahí fue cuando una película me habló directamente y por primera vez. Yo tampoco encajaba. School of Rock me miró en Saladas y me dijo: no estás solo si no te reconoces en lo que te rodea; no pasa nada, hay otros ritmos, otros códigos, otras formas permitidas de ser.
A Dewey lo echan por demasiado “ruidoso” incluso para una banda de rock. Sin plata ni rumbo, roba la identidad de su amigo Ned y se hace pasar por maestro suplente en una escuela de élite. El aula a la que entra parece un laboratorio de niños “perfectos”: uniformes planchados, vida acomodada y una directora rígida que también es rehén del sistema, del “Hombre” como lo llama Dewey. Another Brick in the Wall podría sonar de fondo y nadie se sorprendería. Pero Dewey no sabe y no quiere enseñar eso. Por azar, escucha a un alumno tocando y descubre su talento. Ahí tiene su epifanía: si no puede triunfar con una banda, puede inventar una. Y la inventa con los chicos. Cambia el piano por un teclado, el violoncello por el bajo, una guitarra acústica por una eléctrica, suma batería, voz, técnica, iluminación y vestuario. No todos van a tocar, pero todos van a ser parte. La clase se convierte en ensayo, y el ensayo en comunidad.
En paralelo, en mi vida real, G me abría la puerta a un universo que no estaba en el mapa del pueblo. Me mostró a Ozzy Osbourne y Black Sabbath, Slipknot, Led Zeppelin, Nirvana y los Red Hot Chili Peppers. Horas de discos increíbles: guitarras con efectos, baterías hipnóticas, voces que gritan algo que no sabés nombrar pero entendés. No se trataba solo de “música fuerte”; era una forma de estar en el mundo y ser visto a través del arte, del sentimiento y la rebelión.
Con los años volví a School of Rock y la película me siguió mirando, pero desde otro lado. De niño veía la comedia, la energía, el “yo quiero hacer eso”. De grande apareció el entrelíneas: Dewey empieza como un impostor, pero algo genuino nace. La búsqueda de compartir lo que ama. Y eso transforma a los chicos. El aula deja de ser un lugar de obediencia para ser un espacio de deseo. No es que la escuela “mala” se vuelve “buena”; es que por un rato se libera del mandato de producir alumnos correctos para producir personas curiosas. Hay una ética rara ahí: la ficción de Dewey abre una verdad que contagia.
También hay algo sobre el trabajo y el fracaso. El sistema (el “Hombre”) -la banda, la escuela, los padres- le dice a Dewey que el mundo serio no tiene lugar para él. Él insiste y lo que encuentra no es fama sino otra clase de éxito: el de ver a otros encenderse. La película hace un gesto hermoso cuando asigna “roles” a quienes no tocan: técnica, diseño, prensa, seguridad. Es una lección silenciosa sobre el trabajo en equipo y sobre reconocer valor donde en apariencia no lo hay. El rock, cómo la música, no es solamente el escenario, es la creación de comunidad, el compartir algo más grande que uno con otros.
Reviendo la película, uno podría discutir su moralidad (la impostura), su romanticismo (el triunfo en la Batalla de las Bandas), o su simplificación del sistema escolar. Pero su esencia y lo que la hace incluso tierna está en otra parte: en la experiencia de ser visto, en generar cambios y despertar pasiones. Para mí, ese despertar fue entender que estaba permitido no entrar en los moldes del pueblo y, al mismo tiempo, que había que construir una tribu. Ese auto permiso se tradujo en aprender a tocar, buscar discos, armarme y desarmarme en lo que me gusta y lo que no, intentar 1000 caminos diferentes. Un montón de veces fallé, y a veces volví a la comodidad de los estándares; pero la película y lo que generó, siempre van a estar ahí como recordatorio de esa llama, esa lucha contra el Hombre.
Hay otra capa que hoy me conmueve: la figura de la directora, tan rígida en el exterior pero tan tan humana por dentro. School of Rock no demoniza a los adultos ni los hace ser los villanos; muestra cómo el sistema también los captura. Ella ama a Stevie Nicks en secreto, canta cuando nadie la ve, se empeda cuando está en buena compañía. Dewey le recuerda, torpemente, que también tiene derecho al desborde. Este personaje nos dice que la rigidez de los otros no siempre es maldad: muchas veces es miedo. Y que el humor (la joya de Linklater) es una llave que afloja cerraduras y rompe armaduras.
School of Rock no me dijo “vas a ser músico” o “vas a ser famoso”, me dijo algo más simple y más útil: sé con otros, compartí lo que te importa y que la pasión sea el norte. Lo sigo encontrando cada vez que explico algo a alguien, que comparto algún gusto o que desbloqueo ideas nuevas.
Hoy ya no somos amigos con G. La vida hace sus cosas, cada uno siguió su camino. Pero le debo esa puerta abierta, ese primer solo de guitarra saturado que te vuela la cabeza y te deja ver otra realidad. Le estoy muy agradecido por eso. Y a la película, también. Ambos me dieron el mensaje correcto y la visibilidad cuando más lo necesitaba y me dejaron una brújula bastante sencilla: si algo te enciende o te da curiosidad, ese es el norte a seguir.


